FRONTERA SUR | PRIMERA PARTE

“La Patagonia es aquel lugar que desde la gran ciudad no se sabe bien dónde empieza ni dónde termina, ni tampoco cuándo comenzó.” Luego de un 2017 lleno de eventos patagónicos, los autores de esta Breve Historia de la Frontera Sur repasan la vida de nuestro far south desde el virreinato hasta Roca.

La Grieta, región sur

La Patagonia es aquel lugar que desde la gran ciudad no se sabe bien dónde empieza ni dónde termina, ni tampoco cuándo comenzó. Tradicionalmente ha sido considerado un espacio inhóspito y alejado, rodeado de ballenas y centros de ski. El año que se acaba de ir fue particularmente intenso respecto de noticias sobre la región. A mano alzada pueden listarse los siguientes sucesos: las muertes cuanto menos confusas de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, toda la tematización xenófoba sobre el RAM, la desaparición del ARA San Juan en las costas de Chubut y finalmente las vacaciones de nuestro presidente en Villa La Angostura, suerte de capital de verano para envidia de Don Raúl Alfonsín. Toda esa visibilidad mediática implicó que, como cada vez que toca el tópico “sur argentino” en la esfera pública nacional, reaparecieran la troupe de debates de Roca si-no, Tehuelches contra Mapuches, Rolando Hanglin vestido, Vaca Muerta, Vaca atada, Vaca flaca. Civilización y Barbarie 3.0.
Hubo, por supuesto, mucho de simbólico en aquella síntesis de Sarmiento al titular su “Facundo”: el conteo final entre la hispania rioplatense y la París del Plata, alejada de la grieta “deseable” para su generación: la que en los Estados Unidos enfrentaba los modelos Jeffersoniano y Hamiltonianos, con elementos Jacksonianos. Pero, tratándose de un país de conquista tardía, la antinomia sarmientina de civilizados y bárbaros también tenía un correlato real y tangible en años caracterizados por múltiples aproximaciones al llamado Desierto.

Cuando el padre del aula inauguraba su presidencia hace siglo y medio, solo bastaba alejarse a unos kilómetros del puerto para ver que el choque de culturas no era solo una figura retórica. Nada extraordinario, por otro lado, en tiempos signados por la conquista del Oeste, las guerras de la Tierra de Nueva Zelanda, el conflicto Anglo-Zulú y la Conferencia de Berlín, en donde los europeos se repartieron África como si fuera una pastafrola. En un mundo que se teñía de moderno a hierro y sangre, la Conquista del Desierto argentina fue compatible con el accionar de las elites admiradas. Nuestro círculo rojo, cuando dejaba de lado sus diferencias, en esos limitados momentos, posaba sus ojos allí para realizarse. Inestable e inflamada, la frontera sur fue durante un largo periodo de tiempo la manifestación física de la potencialidad de una elite.
La Patagonia, esa especie de “Far West” vernáculo, incluyendo yacimientos de petróleo, oro e indios, tuvo sin embargo bastante de far y poco de West. En nuestro país, no es casual que las tradiciones gauchescas en su mayoría se sucedan a apenas un centenar de kilómetros del puerto: cuando hablamos de la frontera sur-oeste del país hacia finales el siglo XIX hay que guardar el chocolate en rama en la alacena y sacar el fernet cordobés, evocar más al vino mendocino que al chivito patagónico. La frontera estaba ahí nomás del río Salado en Buenos Aires y se adentraba en los actuales sures de Santa Fé y Córdoba para re dibujarse incluyendo parte de las actuales San Luis y Mendoza. A cada lado de esta línea había sociedades variadas que se miraban con recelo.

Revisaremos, en un listado que por supuesto no es exhaustivo, la vida de la frontera durante los años borbónicos, los convulsionados primeros años republicanos, el rosismo, el pos rosismo y el roquismo.

Algo en tu Sur me fascina, será tu frontera.

Si algo entendió el naciente capitalismo posterior a la crisis del siglo XIV es que no se podía hacer una acumulación primitiva sin cruzar unos cuantos océanos. Al evaluar las ansias expansionistas, es tentador ponernos románticos y ver aventureros gloriosos que subían a carabelas en busca del sueño de gloria que alentaba sus días, o monstruos ávidos de destruir descarnadamente todo a su paso. La versión aburrida indica que, contemporáneamente, todos los Estados más o menos constituidos estaban haciendo lo mismo, buscando apropiarse de recursos más allá de sus fronteras.

El nuestro, entonces, es un país surgido al calor de sucesivas expansiones territoriales, nada nuevo en el contexto de una América Latina “descubierta” durante el auge de los Estados Modernos de fines del siglo XV. En ese marco, el avance sobre la Araucanía y las Pampas tuvo desde el comienzo un costado geopolítico evidente, en tanto y en cuanto el dominio de esos lares significaba el control del crucial paso del Océano Atlántico al Pacífico. Si control es igual a dominio, dominio es igual a conquista y las conquistas vienen de limitados colores de fábrica, predominando el rojo.
La propia creación del Virreinato del Río de la Plata a finales del siglo XVIII fue en parte la respuesta española a las apetencias anexionistas de Portugal, en particular, y del resto de las potencias de ultramar, en general, deseosas de un balcón al paso interoceánico (Islas Malvinas incluidas). Previo a la Revolución Francesa y el ascenso de Napoleón, que tiraría por la borda un delicado equilibrio de poder europeo, uno de los miedos de la corona borbona era la posibilidad de una alianza de cualquier potencia adversaria con los pueblos indígenas del sur. Este temor no se limitaba a la imaginación, Gran Bretaña ya había reclamado la actual Puerto Deseado para sí en la segunda mitad del siglo XVII, aunque sin manifestarse más allá de cierta nominalidad. Un territorio extenso sin control efectivo, en un ambiente de imperios globales que agotaban espacios para reclamar, no era un buen negocio. La defensa de la ruta comercial que conectaba Buenos Aires con Cuyo y Chile resultó una clave fundamental para activar las políticas coloniales de finales del siglo XVIII.

De esta manera, la historia colonial está plagada de intentos más o menos exitosos de asentarse en las tierras del viento y el fuego, como los viajes de Francisco de Biedma y Narváez a lo largo de la costa patagónica. Este reverdecer exploratorio se combinó con el proceso de avance hacia lo que hoy es el noroeste de Buenos Aires siguiendo al río Salado al sur. Esto implicaba necesariamente reformular el mapa de relaciones culturales con quienes ya estaban allí. María Elena Rustán muestra cómo más allá que la historiografía tradicional sobre el Río de la Plata hizo énfasis en los conflictos bélicos entre indígenas y españoles, estos no fueron permanentes, ni la única forma de intercambio cultural. Así vemos iniciativas como la expedición del virrey Loreto de 1784 o el tratado de Paz de la Gobernación Intendencia de Córdoba con los ranqueles en 1796, que reconocían tanto políticamente a los indígenas como a la territorialidad cristiana. El espíritu integrador de aquel tipo de pactos para facilitar los flujos económicos y el control territorial, fue el que caracterizó en general a la política virreinal de los borbones. De hecho, muchas veces la necesidad de los acuerdos revelaba más los conflictos intra sociedades indígenas que con los españoles (entre ranqueles, huilliches y pehuenches, por ejemplo). Por caso, los artículos 7 y 8 del mencionado tratado de 1796 directamente comprometían a la participación de los funcionarios españoles en los conflictos locales.

En paralelo a estos cruces, algo más adentro del desierto, se llevaba adelante la araucanización, empujados en parte por una dinámica más violenta de paz y guerra al otro lado de los Andes en la Capitanía General de Chile. Este proceso, según Mandrini, generaría en el siglo XIX una innovación importante, la unidad lingüística y cultural desde el Pacífico hasta el territorio bonaerense, resultando en un desierto con una voz más uniforme. Como se ve, a finales del siglo XVIII el sur estaba más calmo de los que muchos hubieran querido confesar (incluso los propios virreyes, siempre prestos a sobreactuar manos de hierro).
Sin embargo, cualquiera fuera el método de acercamiento, a comienzos de siglo XIX a los Borbones se les iría de eje la gobernanza de sus colonias, empujados por las guerras napoleónicas. Esto daría fin al corto periodo virreinal del Río de la Plata, justo cuando una organización más cercana al territorio y algo más alejada del modelo extractivista comenzaba a tomar forma. Con solo una treintena de años entre la creación del Virreinato del Río de la Plata y el inicio de la crisis del modelo con la primer invasión inglesa, los intentos por inaugurar una vida republicana en las pampas traería nuevos dilemas a la administración de fronteras.

Frontera, echate pa’ ca

No es necesario ser un avezado estudioso de los años 1810-1830 para observar que el desafío autoimpuesto de organizar un Estado desde prácticamente cero era una tarea engorrosa. Tan es así, que uno de los que intentara llevar más ferreamente el proyecto adelante en un comienzo, Bernardino Rivadavia, terminó sus días en el exilio pidiendo no volver más por estas costas ni muerto, y lo trajeron igual. Al primar intereses contrapuestos entre las elites, que seguir el camino de los Estados Unidos, que llamar a Carlota, que esperar que vuelva Fernando y preguntarle, etcétera, la tarea se volvía titánica. Sin embargo, cada vez que una pausa aparecía en las peleas intestinas entre los los bandos en pugna, se presentaba una esperanza, muchas veces motivada por empujar la frontera y alcanzar el destino manifiesto sobre las pampas; hacia el sur, hacia el mar y hacia el frío.

A excepción de Carmen de Patagones, fundada en 1779 junto con Viedma, la presencia blanca permanente hacia el interior del territorio, así como en las costas, era prácticamente nula al sur del pago de Magdalena. Escasez, sin embargo, no debe confundirse con ausencia total. Si bien el mayor desarrollo se daba a la vera del Paraná hacia el norte (como las fechas de las fundaciones de las principales ciudades atestiguan) los asentamientos al sur del Salado existían, como el fortín Kakel Huinkul de 1815 en el área de la actual Maipú o un pueblo como Dolores fundado en 1817. Este último es un buen ejemplo de cómo las relaciones en la frontera eran complejas. Arrasado por malones y refundada en múltiples ocasiones, es un buen termómetro del avance blanco en esta primera etapa. De hecho, si bien “Campaña del Desierto” es un nombre que ha quedado en la historia, en parte porque puede asociarse a dos figuras de peso, Rosas y Roca, el primero en organizar, dirigir y ejecutar incursiones al corazón de la provincia fue Martín Rodríguez, caracterizado gobernador del período.
El año de 1820 fue un tanto, para decirlo en pocas palabras, caótico. El paso de directores supremos a gobernadores, tras el fracaso de la constitución de 1819, fue un tanto complicado. “Anarquía del año XX” se dio en llamar al período en formato título catástrofe. Durante este lapso de ausencia ejecutiva, Rodríguez fue el primero en establecer algo parecido a una frontera sur con la firma del “Tratado de paz de la estancia de Miraflores”. Este determinaba, en lineas generales, que el Salado era la frontera de hecho, pero dado que los hacendados ya lo habían cruzado, estas nuevas estancias serían el límite, comprometiéndose las partes a respetar territorios y ganado. No obstante, el tratado tendría corto alcance: firmado el 7 de marzo de 1820 para fin de año ya era historia, anulado por los malones en Lobos y Salto.

Rodríguez haría tres incursiones, la primera como respuesta a los malones de fin de 1820 y otras dos con pretensiones de acabar definitivamente con aquellos, empujando la línea de frontera en dirección sudoeste, incluso con el objetivo de alcanzar el río Negro, lo que no cumpliría. Las campañas hacia el interior de la provincia servirían de boceto para las próximas, en particular al señalar lo endeble de llevar adelante iniciativas de un solo frente. Paralelamente a la contención de la frontera sur llevada adelante junto con Rauch y Rosas, Rodriguez haría la paz al norte con otros caudillos, a través de los tratados de Benegas y del Cuadrilátero, permitiendo una relativa calma en Buenos Aires. Ésta se vio plasmado en obras lideradas, entre otros, por su secretario de gobierno Rivadavia, que llevaría adelante importantes reformas involucrando al clero, la fundación de la Universidad de Buenos Aires y cierto empréstito que precede en reputación a todo lo anterior. La guerra con el Brasil y la crisis política posterior, que tendría entre otros resultados la muerte de Dorrego y Rauch y que crearía la oportunidad para el ascenso de Rosas, pondrían una pausa a las pretensiones expansionistas, quedando la frontera por algo más de un lustro en un segundo plano.

Segunda parte

Fuemte: Panama Revista

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